Hiromi Kawakami
El cielo es azul, la tierra blanca
Acantilado. Barcelona. 2009
Tsukiko, la narradora de esta historia de amor, nos adentra a la vez en la crónica de un encuentro y en su propio olvido. Y no sólo lo consigue con el relato de un trasunto de hechos más o menos interesantes, sino que también aporta como rasgo de estilo la calidad del silencio. La elipsis y el uso dosificado de información logran sugerir y convocar al lector, como testigo cómplice, a un mundo propio. Una suerte de gusto agridulce parece envolver la historia. La soledad parece unir a sus protagonistas, pero también los gustos culinarios, las discusiones silenciosas, el aburrimiento cotidiano. Nada convencional, no sólo en su tratamiento sino también en la sutileza narrativa, esta historia es el producto de una aguda observación del comportamiento humano. La relación que se entabla entre la joven de 38 años y su antiguo maestro de más de 60 ofrece, desde el principio, la complejidad de las relaciones personales. Con un estilo sencillo, de oraciones cortas y con un ritmo ágil, Kawakami parece destilar, a través de una acción casi cinematográfica, el contenido de escenarios y situaciones que ofrecen al lector un gran estímulo sensorial. Ayuda una estructura donde los capítulos son como pequeños cuentos, que van desgranando la filosofía de una felicidad inesperada en clave metafórica y con gran contenido poético. Al igual que los haikus de Basho que van acompañando a la sabiduría académica del profesor Matsumoto, la impronta visual, predomina con una garantía que recuerda a Murakami y a Tanizaki. Sin embargo se desliga del primero en su contención imaginativa, en pro de una mayor verosimilitud de lo contado. La anécdota se desarrolla en un marco real y aunque con algo de ensoñación, se centra en la relación psicológica de un encuentro generacional.
La novela fue premio Tanizaki, y llevada al cine con gran éxito. Es la primera obra traducida al español de la escritora japonesa y ya ha salido la segunda edición.
H. ELDELBR
Banda a parte
Jean Luc Godard
1964
Odile, Franz y Arthur se descubren como delincuentes del cine negro hollywoodiense, en una vuelta de tuerca propuesta por la mirada irónica, intelectual y desencantada de Godard. Odile, joven que remite indirectamente a la prostituta de la novela de Quenau, en un principio cae en la trampa de estos supervivientes, tipos duros, simulacros más bien, de los rebeldes habituales del cine negro. Como ya aparecía en Al final de la escapada con un Belmondo, imitando a Bogart en sus gestos, el héroe de Godard se afianza en una perspectiva irreal de su ensimismamiento, como si fuera un punto de fuga que sin embargo lo salvase del sistema. Es decir un outsider, deliberado y atractivo. Si su incursión al cine político, vendrá luego, es cierto que los fundamentos están aquí. El personaje anárquico prefigura al comprometido. A pesar de la ambigüedad que muestra Odile, recordemos cómo espanta a aquel desconocido que intenta acercarse a ella en un baño público, no se revela cruel e indiferente como la pareja de Belmondo, en un final triste y patético. Odile y Franz acaban juntos, huyendo hacia el sur, a pesar de que la huída es buscada, el dinero que roban es dinero robado, no han de temer que los denuncien. Aún así lo que han buscado desde el principio, una excusa para empezar desde cero, lo encuentran con su propia aventura. Las influencias de Godard, su cine y sus películas se revelan en una cierta consciencia colectiva. Se convierte en un icono a imitar, como anécdota nombramos dos casos al azar: Tarantino le pone el nombre de su productora, banda aparte, en homenaje suyo, y el baile de los tres protagonistas también es homenajeado por Crsitina Rosenvinge en un vide suyo. Renovador del montaje, apuesta por la descripción, más o menos acertada, de unos personajes solitarios que se encuentran en su escapada. Los componentes literarios, estéticos e iconográficos, a parte de la propia corriente de su pensamiento cinematográfico, colocan su obra en un lugar de la historia oficial del cine, quizás no la que él nos enseña. Esta joya que recomendamos, es aparte de entretenida, una sorpresa visual de prinicipio a fin.
H. ELDELBR
lunes, 19 de octubre de 2009
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